Futuro Imperfecto #02 : El Reseteo

 



Prólogo


Futuro Imperfecto continúa: con relatos donde el pasado no es seguro, el presente se fragmenta y el futuro... tal vez nunca fue nuestro.
Hay días en que todo lo creemos normal, hasta que algo nos hace mirar dos veces para darnos cuenta que algunas cosas cambiaron en un abrir y cerrar de ojos, tal como le sucedió a nuestros protagonistas.


¿Vos te acordás qué pasó el 30 de julio?


La pregunta se coló entre los ecos apagados del bar, justo cuando el hielo en el vaso de ron crujía bajo la tibieza de una noche de verano.


Eduardo alzó la vista, mirando su trago como quien escarba en cajones polvorientos de su memoria.

¿El 30? ¿De este año? —preguntó, rascándose la barbilla—. No… nada, ¿por qué? ¿Pasó algo importante ese día?



Julián se recostó hacia atrás, como si soltara un poco de peso con solo dejar caer los hombros. Su vaso tenía más agua que whisky, pero lo seguía bebiendo como si fuera fuego.

Es que esa noche pasó algo, pero no sé cómo contarlo sin que pensés que me volví loco.

Eduardo sonrió.

¿Otra de tus teorías raras?

No, esta no es teoría. Es un recuerdo extraño. Todo empezó con una luz.

Julián hablaba con un tono bajo, como si el bar estuviera lleno, aunque solo ellos dos ocupaban la mesa del rincón.


Ese día me fui a dormir con Laura como a las once. Todo normal. Pero al rato, una luz blanca empezó a colarse por las cortinas. No era como la de un carro o un reflector. Era… inmensa. Blanca y silenciosa. Nos tapamos la cabeza con las almohadas, pero no dejaba dormir. Era imposible cerrar los ojos, porque hasta los párpados eran alumbrados por la intensidad.



Eduardo frunció el ceño.

Nos levantamos. Laura pensó que era algún incendio o alguien molestando con una luz fuerte, pero cuando miramos por la ventana no vimos nada más que esa claridad absurda. Y justo entonces… todo se apagó. La casa entera quedó sin energía. Televisor, lámparas, ventilador. Todo muerto.

Y, sin embargo, la luz seguía entrando por la ventana. Como si no dependiera de ningún sistema eléctrico. Como si no viniera de este mundo.De pronto… todo se puso blanco. Un blanco absoluto. Ni sombras, ni profundidad. Como si el mundo desapareciera por unos segundos. No podías ver ni tus propias manos.


¿Y después? —interrumpió Eduardo.


La oscuridad volvió de golpe. La luz blanca desapareció. La energía eléctrica regresó como si nada. El cielo estaba despejado, ni rastro de nubes ni ruidos raros. Todo tan calmo que dolía. Ningún vecino salió. Prendimos el televisor, pero no había ninguna noticia. Pensamos que tal vez… lo habíamos imaginado.


Eduardo tomó un sorbo y se inclinó hacia adelante.

¿Y no notaron nada más?

Ahí es donde empieza lo raro. Al otro día, cosas mínimas, pero distintas. Por ejemplo, la leche. Siempre compramos la misma, la que tiene una vaca con sombrero en la etiqueta. Pero esa mañana, la vaca no tenía sombrero. Pensamos que era un cambio de diseño. Después notamos el cereal. Un paquete de un producto que ya no fabricaban desde hace años… pero con fecha de producción de ese mismo mes. Era el mismo empaque, el mismo nombre, pero la empresa fabricante era otra.



Eduardo dejó el vaso en la mesa.

Puede ser casualidad. Cambios de diseño, nuevos distribuidores…


Eso pensé. Hasta que Laura recibió una llamada… de su hermana.


¿Y qué tiene eso?


Que Laura no tiene hermana, Eduardo.


Su amigo se quedó en silencio.

Fue una llamada de voz normal. Una mujer le dijo “¿Hola, hermanita?”, y Laura la cortó de inmediato, pensando que era una broma. Pero el número estaba guardado como “Mariela (hermana)”. Revisó su teléfono: fotos en WhatsApp, historias antiguas en Instagram, conversaciones de cumpleaños, álbumes en Google Photos. Ahí aparecía su hermana.Y lo más inquietante… es que Laura empezó a recordar cosas. Fragmentos. Risas. Vacaciones en la playa. Ropa compartida. Como si esos recuerdos hubieran estado enterrados en alguna parte de su cabeza. Luego se fue a su cuarto. Tenía un fuerte dolor de cabeza. Se recostó. Había mucho que asimilar.



—¿Y vos?


Yo busqué en mi celular fotos de mi boda. En una de ellas, junto a mis padres, aparece un hombre de barba que juro nunca haber conocido… y en la descripción dice: “Con mi tío Jorge. Siempre fuiste como un padre para mí”. Nunca he tenido un tío Jorge. Y luego, igual que Laura, vinieron un montón de recuerdos y rostros. Ahora, igual que ella, tenemos nuestros recuerdos mezclados con otros que no sentimos haber vivido, pero que están ahí… como un cuadro olvidado en la pared. Pasamos días tratando de asimilar todo y no pensar mucho. Solo adaptarnos. Para no volvernos locos.


Julián bajó aún más la voz.


—¿Sabés lo que creo? Creo que ese día… el mundo se reseteó. Es como si fuera una simulación, y alguien la hubiese vuelto a cargar desde una copia distinta. Todo igual… pero no del todo.


Eduardo guardó silencio. De pronto, recordó algo. Una cicatriz que siempre había tenido en el antebrazo desde niño, por una caída en bicicleta, ya no estaba ahí. Había desaparecido hace meses, pero no le dio importancia. Hasta ahora.


—Te creo, amigo. ¿Y si pasa otra vez?


Tal vez ha estado pasando siempre. Y no nos dimos cuenta. Y cuando nos damos cuenta… nadie te cree.


Los dos amigos pagaron la cuenta y salieron. Afuera, la luz del bar parpadeó una vez. Solo una.

Y durante un segundo, el mundo pareció contener la respiración.



Julián miró a Eduardo con una mezcla de cariño, miedo y resignación.

Sabés, Eduardo… vos sos mi amigo desde hace muchos años.


Eduardo sonrió, pero su gesto se congeló con las siguientes palabras:

Pero ¿sabés por qué estoy tan seguro de todo esto? Porque… en la otra realidad, habías muerto hace tres años.






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