Futuro Imperfecto #03: Cuestionamientos Divinos

 


Prólogo

El ser humano siempre ha buscado dioses, ya sea para justificar lo que no entiende o para encubrir sus más oscuros deseos. Pero, a la larga, todo parece ser una invención perfectamente orquestada para evadir la realidad o para sostener una gran cadena de mentiras. Quizás sí existan los dioses, pero probablemente no sean como los imaginamos.

Como de costumbre, Pedro —nombre genérico latinoamericano asignado para proteger su identidad debido al

contenido de esta historia— se arrodilló y comenzó a orar en la misma iglesia de siempre.

De pronto, una especie de luz sin forma, brillante pero no cegadora, se le acercó lentamente y comenzó

a hablarle:

—Pedro… —dijo, con voz pausada y suave—. Pedro...

Pedro miró a los lados, luego hacia atrás, y finalmente al altar. Al ver aquella aparición,

solo pudo soltar un pedo... al parecer, con premio incluido.

—Hijo, no seas tan pendejo —inquirió la figura—. ¿Me estás llamando y te cagás de miedo?

—¿Dios...? —preguntó Pedro con recelo.

—¡No! ¡El Diablo! Dejá esa cara de idiota o me voy. Tras que saco el rato para visitarte, ¿me preguntás lo obvio?

—Disculpe, Señor, pero realmente no lo imaginaba así. Da miedo.



—Ustedes los humanos son una cosa seria. A un “artista” se le ocurrió pintarme como un dios griego,

con un triangulito en la cabeza y barba blanca… y listo, ese soy yo para ustedes.

—Perdón… pero como nadie lo ha visto, salvo los grandes profetas de la...

—¿Sabés por qué vine a visitarte? Porque pensé que podríamos entendernos… ¿y me vas a salir con esa mierda

de la Biblia?

—¿Está seguro de que usted es quien dice ser? Porque tiene... una boquita.

—¿Quién inventó el idioma? ¿Vos o yo?

—Supongo que usted.

—Entonces calladito, que el profesional acá soy yo. Preguntá lo que tengas que preguntar, que me da pereza leerte

la mente.

Pedro, pobre mortal, apenas podía contemplar al Creador, sin lograr formular alguna pregunta existencial que

calmara su espíritu.

—Padre… ¿cuál es mi razón de vivir? ¿Cuál es mi destino?

—Tu razón de vivir: pulmones y corazón. Sin eso, estás muerto. Incluiría el cerebro… pero del tuyo hay poco.

¿Y tu destino? ¡No me jodás con eso! Tenés libre albedrío. Si yo escribiera tu destino, nacerías con manual de uso,

¿cierto?

Pedro, algo irritado, levantó la voz:

—¿Entonces para qué te me presentás, si soy un baboso?

—Justamente por eso. Sos la masa promedio. ¿Quién te va a creer? A lo mucho, dirán que estás perturbado.

Eso sí, si tuvieras algo de carisma, podrías fundar una iglesia, estafar a la gente prometiendo el paraíso

a cambio de dinero… ¡y después se quejan de que son pobres porque quieren!

—Pero... la pobreza es tu culpa —increpó Pedro.



—¡A mí no me cargués ese muerto! Yo no les dije que inventaran el dinero ni las clases sociales.

Si hay pobres y ricos, es problema de ustedes. Me tienen harto con esas oraciones pidiéndome plata, suerte

y trabajo… ¿qué soy yo? ¿Asistencia Social Celestial? Ustedes crean cosas que los hacen más inhumanos,

más enfermos y esclavos de sus propios delirios.

—Pero Jesús, tu hijo, dijo...

—Un momento, Pedrito. Yo no tengo un hijo. Tengo una hija. No pongás esa cara. A ver, decime si me vas a

contradecir con huevos: ¿quién es la que más se les aparece a los católicos? ¿Verdad? Esa no te la esperabas.

—¿Entonces… para qué existís?

—Porque algo tenía que existir para darle respuesta a lo que nadie entiende. Es cuestión de física, no de creencia.

—Entonces… ¿no debería creer en ti?

—Después de siglos de evolución, pensadores, luchas por liberarse de sistemas opresores, ¿y seguís esperando

señales divinas? ¡Dejá de ser tan bipolar y paranoico! Todo es más claro de lo que creen… pero ustedes

lo complican todo.

—¿Y entonces?

—Escribí un libro. Poné esto:

“No sean tan anormales, bola de pendejos. Dejen de lloriquear, de hacerme canciones empalagosas,

de cobrar dinero por cosas que yo no hago y, lo más importante: dejen de poner oraciones en redes sociales o

mandarlas por WhatsApp. Yo no uso nada de eso. Así que no leo esas idioteces.

Y como dijo el Terminator: Volveré.

En ese instante, toda la habitación se iluminó con una luz tan intensa que todo se volvió blanco.

La figura desapareció sin dejar rastro.

Pedro cumplió. Escribió el libro narrando su experiencia, y fue un éxito de ventas.

Lo puedes encontrar en la sección de autoayuda y superación personal bajo el provocador título:

“Dios es un Hijo de Puta: Lo Conocí en Persona”




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