Futuro Imperfecto N°01 - ¡Al fin libre!


La zona de confort puede ser asfixiante. Una serie de circunstancias te debilitan hasta impedirte escapar: el miedo de saberse solo, de no encontrar ningún sentido a la existencia. Por eso, cuando deseas huir, aparece la culpa como un reflejo automático.El conformismo nos hace creer que somos felices, pero en realidad estamos dopados con luces de colores y ruidos agradables.¿Pero qué pasa cuando lo impredecible, por fin, te hace sentir libre?




José llevaba casi una hora ajustando el nudo de la corbata frente al espejo. Era otro martes cualquiera; simplemente había que ir al trabajo. A sus 56 años, el traje le quedaba algo ajustado.

—Estoy engordando... pero, ¿para qué comprar más trajes? —murmuró.

Se miró en el espejo una vez más y, con esmero, peinó los pocos cabellos blancos que le quedaban.

 —Este cabello tuvo mejores días —dijo con una media sonrisa.

 Respiró hondo y salió del baño.

Bajó las escaleras, escuchando el tintineo de los cubiertos en la cocina. Marta, su esposa desde hacía más de tres décadas, estaba sirviendo el desayuno. Apenas lo miró al entrar. Hacía más de diez años que no dormían en la misma cama, y apenas intercambiaban palabras, más allá de lo necesario para mantener la rutina.

—Buenos días —dijo él, intentando sonar jovial.

Marta no respondió. Estaba hipnotizada frente al televisor, apretando la cuchara como si fuera un ancla. José frunció el ceño.



—¿Qué te pasa? —preguntó, mientras servía café sin mirar el televisor.

Ella no contestó de inmediato. Su rostro estaba pálido y sus labios temblaban ligeramente.

—Sabés, creo que hoy voy a tomar unas cervezas con los compañeros. Van a ir a un bar a cantar karaoke y aprovechar el dos por uno —dijo mientras tomaba el café. Luego miró al patio y siguió hablando sin pausa—. Esos árboles ya toca podarlos… ¿Hace cuánto fue la última vez? ¿Diez años? Sí, creo que diez años. Tengo ganas de poner una hamaca entre los dos grandes. El domingo me senté bajo su sombra y, con el calor que hacía, la brisa era perfecta.

 Pero Marta, decime una cosa… hoy estás muy callada. ¿Y por qué el televisor no tiene volumen?

Marta, con un hilo de voz, respondió:

—Porque no hay sonido. ¿Podés mirar por la ventana de la sala? —le pidió.

José, sin soltar su taza, se acercó al ventanal y corrió la cortina. Se quedó quieto por un instante, confundido. Luego giró hacia Marta y señaló hacia afuera.


—¿Esto es una broma? —dijo, incrédulo.

 Sin decir más, se terminó el café con una gran sonrisa. Luego dio media vuelta, tomó el teléfono y marcó el número de su jefe. Ramiro —el típico hijo del fundador que asumió el trono como un déspota tirano— respondió al segundo tono.

—¿Has visto las noticias? —preguntó José, sin rodeos.

—Claro que sí —respondió Ramiro, con su habitual tono autoritario—. Pero igual todos deben presentarse al trabajo. No toleraré vagos ni excusas.

José sintió que algo dentro de él se rompía. Después de seis años de soportar humillaciones y trabajar en algo que detestaba desde la llegada de aquel idiota —que aún con el mundo detenido, ordenaba como si su empresa fuera el centro del universo— decidió que ya era suficiente.

—¿Sabés qué, Ramiro? ¡Andate a la mierda! Renuncio. Estoy harto de vos, de tu oficina y de tu maldito ego. Sos como un agujero negro… pero no del universo, del culo.

Ramiro intentó interrumpir, pero José no le dio espacio.

—Mirá, no me digás nada, comé mierda, porque eso sos. Tu papá siempre se lamentaba del hijo de puta que habías salido. ¡Pobre viejo, tan gran hombre que fue! Y antes de que digás algo: ¡ojalá te consumás en el infierno! ¡Adiós!

Colgó el teléfono y respiró profundamente, como si se hubiera quitado un yugo invisible. Cuando se giró hacia Marta, ella estaba llorando.

—¿Y ahora qué te pasa? —preguntó él, ya sin mucha paciencia.

Ella intentó calmarse, pero su voz salió entrecortada:

—José… con todo esto que está pasando… yo… lo siento tanto.

—¿Por qué llorás?

—Sé que lo sabés. Que hace años te diste cuenta. Pero no quería que terminara así. No tenía el valor de decírtelo.

José la miró fijamente.

—Hace 25 años que sé que me engañaste. ¡Claro! Como ahora estás cagada de miedo, me vas a revelar todo. Sé que nuestro hijo no es mío. Pero lo amo como si lo fuera, porque no tiene la culpa.

Marta sollozó, pero él continuó:

—Seguí contigo por miedo a estar solo. Y hoy me doy cuenta de lo estúpido que fui. Siempre fingiste tus orgasmos... claro, cuando cogíamos. Y solo cuando estabas borracha, porque imagino que solo así podías mirarme o desearme. Hasta un sexólogo busqué, pensando que era yo el problema. Quería aprender, mejorar… Pero simplemente dejaste de amarme.

 Y cuando el hijo de puta de tu amante se murió, solo quedé yo. Por eso te quedaste a mi lado: aburrida, sin vida. Y lo peor es que me arrastraste con vos, dándome una galleta de cariño de premio de vez en cuando, como a un buen perro.

Marta intentó abrazarlo, pero él levantó la mano para detenerla.

—Marta, esto es una señal de que tengo que mandar todo a la mierda. Algo que debí hacer desde el primer momento en que me di cuenta de todo. Ahora tengo 56 años. No sé si esta señal es buena o mala, y no me importa. Voy a disfrutar lo que me quede de tiempo.

Subió a la habitación y Marta pensó en seguirlo, pero se contuvo.

 Tres minutos después, bajó en camiseta, bermuda, lentes oscuros y untado de bloqueador solar. Caminó hacia el refrigerador, tomó un six-pack de cervezas y una silla plegable del garaje.

Marta lo miró desconcertada mientras él salía al frente de la casa.

—¿Te volviste loco, José?

Él la miró y le sonrió.

—No. Desde hace muchos años… hoy, por fin, soy feliz.

José abrió la silla de playa y se sentó. Destapó una cerveza, le dio un buen sorbo y alzó la vista al cielo.

 Y ahí estaba. Algo inimaginable, como sacado de una película: una gigantesca nave extraterrestre flotando sobre la ciudad.

 Cubría el horizonte con su presencia majestuosa y siniestra, emitiendo un zumbido que parecía resonar dentro de los huesos.

José sonrió a carcajada limpia.

—¡AL FIN LIBRE! —exclamó, mientras el viento agitaba sus pocos cabellos blancos.









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